miércoles, 24 de febrero de 2016

Problemas de conducta en la adolescencia: La contención en la intervención

Foto: Agustín Díaz
El debate en relación con los temas de agresión y violencia se reactualiza con gran frecuencia desde el esfuerzo por comprender estos conceptos, de manera que se genere en consecuencia una explicación a las diversas manifestaciones que se les asignan. Los problemas de conducta en adolescentes corresponden a uno de los temas que pueden incluirse en el tópico de la agresión, y es el que pretendemos abordar en la siguiente reflexión desde la óptica de la contención y la intervención integral que puede ofrecerse en estos casos.


Los problemas de conducta, vistos como síntomas, tienen distintas funciones dentro del sistema familiar, así como diferentes cursos de desarrollo y modalidades de expresión. No es nuestro propósito ahondar en la complejidad de dichos aspectos, en las hipótesis complejas que los explican, o hacer un análisis comprensivo de la agresividad y la violencia como fenómeno social. Nuestra intención es delinear las vivencias que pueden estar implicadas en los problemas de conducta, así como lo que consideramos que puede ser un buen enfoque en cuanto a intervención se refiere.

Agresividad y violencia, aunque a menudo son términos usados como sinónimos, refieren a dos aspectos distintos: la primera tiene un valor instrumental, está orientada a preservar la vida y tiene que ver con una respuesta inmediata ante una frustración, necesidad o dolor que experimenta el sujeto. Por su parte, la violencia implica una descarga explosiva y produce un efecto no perdurable de liberación de tensión. Esta implica, según palabras de J.M Ayerra, una situación traumática y dolorosa que no puede ser elaborada psíquicamente y por lo tanto, transformada e integrada con el tiempo en forma de experiencia vital y conocimiento.

La familia es el primer escenario de socialización del sujeto, por lo que cuando el ambiente
familiar no puede proporcionar el contexto de acompañamiento y seguridad necesarios para que se haga una separación-individuación sana, se trastoca su funcionamiento, así como la forma en la que se establecen relaciones con los demás. En un contexto en donde se han dado ciertas distorsiones durante el proceso de desarrollo del niño, el sentimiento predominante en éste tiende a ser la desconfianza, y será lo que le servirá como referencia para analizar el mundo externo. La envidia que produce el no poder participar de los contextos de socialización y de lo afectivo, conlleva al deseo y tendencia a destruirlos a través del acto violento.

Por otro lado, cuando la conducta agresiva ha adquirido un significado como intercambio relacional, suele ser el medio elegido para acercarse a otros a falta de mejor opción. La agresividad puede implicar una forma de relación de acercamiento, una tendencia en la que se puede haber depositado la imagen familiar o el código que representa a la familia y su defensa. Los problemas de conducta pueden asimismo, ser interpretados como una demanda que hace el adolescente en cuanto al funcionamiento del sistema, una alerta que nos informa de que algo no funciona bien. La agresividad como vía de acción preferencial, reflejaría una vía comportamental y psicológica más primitiva.

El segundo escenario de socialización es, sin duda, el centro educativo. Muchas las detecciones de conductas agresivas y de riesgo son hechas a través de la institución educativa y conllevan medidas de “contención” (castigos, consecuencias, reprimendas…) en este mismo contexto. El adolescente “problemático” es rápidamente etiquetado e identificado por sus compañeros y por el medio social que lo rodea (profesores, otros padres…), otorgándole una identidad a alguien que está precisamente en el curso de la construcción de la misma. La “contención”, entendida como sinónimo de “represión, impedimento, traba, sujeción”, es una de las estrategias de afrontamiento más utilizada ante los problemas de conducta por los distintos contextos. Sin embargo, la contención así conceptualizada y empleada, deslegitima el verdadero problema y la situación por la que atraviesa el adolescente, agudizando la problemática en muchos casos.

La contención entendida como la disposición para acoger y tolerar la expresión de los afectos y la angustia del otro, es una medida de intervención eficaz y necesaria. Implica asimismo la reestructuración del universo simbólico: No se es receptor pasivo de aquello que el adolescente proyecta en nosotros, sino que se le hace una devolución que pueda ir integrando progresivamente y le sirva de provecho, dotando de significado su conducta y proporcionando alternativas más adaptativas a la expresión de sus afectos. En el modelo más básico, la contención tiene que ver con la capacidad de la figura materna para contener y traducir la angustia del bebé. El bebé proyecta las emociones incontroladas y es la capacidad continente de la madre la que origina la «construcción interna» del mundo externo del niño, así como la barrera que lo ayuda a tolerar la frustración, promoviendo su crecimiento mental.

Los problemas de conducta –la mayoría de los cuales encierran actos que pueden catalogarse como actos agresivos contra sí mismo, como son las conductas de riesgo; actos agresivos hacia los demás; y actos violentos- encierran, como ha comentado antes J.M Ayerra, un encuentro entre la agresividad y el dolor. Es necesario que desde un papel genuino de contención, podamos responder ante la necesidad del adolescente dándole la oportunidad de dotar de un significado reparador sus emociones y pensamientos, así como la oportunidad de evolucionar hacia un modo relacional más maduro y sano.

Dado que las conductas del adolescente se dan dentro de un contexto, nuestra propuesta se inclina a implicar a una red de apoyo, en la esfera del problema identificado, que pueda intervenir de forma consensuada. En muchas ocasiones el centro educativo endurece los castigos como único medio que encuentra para frenar el problema y la reiteración de la conducta del adolescente. No obstante, no se es siempre consciente de que este tipo de medidas pueden, de alguna forma, representar un acto de agresión –y en muchos casos, de alienación-. Desde allí terminan por confirmar, a modo de profecía, la desconfianza del adolescente en cuanto a su mundo externo, así como el sentimiento de incomprensión. Por otra parte, los padres y familiares se valen de sus propios métodos en el reto de poner límites  -y con ello fin- a los problemas de conducta, métodos no siempre en sintonía con las medidas que imprime el centro educativo, el mundo social y la petición o necesidad del adolescente. El ambiente que rodea al adolescente se vuelve entonces poco sustentador, alimentando su vulnerabilidad y reactividad emocional, perpetuando una dinámica intra e inter-sistemas que funciona a modo de circuito de mantenimiento del problema.

Estalayo y Romero proponen, en esta línea, la articulación de un entorno o red contenedora que se caracterice por presentar una serie de aspectos que posibiliten validar la experiencia emocional de los jóvenes. Los autores apuntan una serie de aspectos que ha de tener en cuenta la intervención en base a la contención y a lo que denominan firmeza educativa. Destacan algunas características contenedoras a la hora de intervenir con problemas de conducta. Rescatamos algunas de las propuestas por los autores y apuntamos, desde nuestra propia comprensión y abordaje, algunas de las características de la intervención en el marco de la contención:

- Disciplina y firmeza: Aunque suele verse como algo ligado a lo autoritario, tiránico u opresivo, la disciplina y firmeza se dirigen, más bien, a la clara exposición de las reglas sociales que rigen cada contexto. El establecimiento de límites es clave en este sentido. Solemos hacer énfasis en que el establecimiento de límites no exige un trato frío, demandante o autoritario; de hecho, cuando se establecen límites desde los polos o bien permisivo o bien castigador, se hace de forma deficiente. Los límites le indican al adolescente una vía posible de negociación de ciertos aspectos desde un marco de seguridad, consensuando en lo posible sus demandas internas con lo externo; es decir, las necesidades individuales –con las que primero el adolescente habrá de conectar- con las grupales (padres, familia, pares, profesores, sociedad…). Medidas y límites pendulares (muy rígidos o castigadores en un polo; poco claros o permisivos en otros) terminan por convertirse en un contexto poco enriquecedor de cara al crecimiento personal y el propio proceso de separación, y por ende, dificultan el cese de los problemas de conducta y agresiones.

Foto: Gordon Mcbryde
- Valoración: Se trata de identificar las funciones adaptativas que tienen las defensas y comportamientos del adolescente y traducirlos en vías alternativas de acción que puedan ser más sanas. Al darle valor a los miedos o emociones que se esconden tras ciertas conductas, se legitima la realidad emocional del sujeto abriendo un espacio de confianza (en oposición a la desconfianza básica y la omnipotencia).

- Responsabilidad: Estalayo y Romero lo entienden como responsabilización, es decir, el proceso mediante el cual el adolescente acepta y asume no sólo las consecuencias, sino la presencia de un aspecto problemático a resolver, así como su participación activa en la persistencia del mismo y en su superación. Consideramos a este respecto que, aunque es necesario que el adolescente pueda aceptar su papel en la problemática, la “responsabilidad” debe ser asumida por todas las partes implicadas. Esto quiere decir, cómo los sistemas a los que pertenece el sujeto perpetúan el problema y cómo forman parte del mismo. La conducta del adolescente no es un elemento aislado, tiene sentido dentro de un contexto y, como síntoma, cumple una función. Cabe preguntarse cuál es la función que cumple dentro de cada sistema.

- Cambio de narrativa: Que el adolescente pueda hacerse partícipe y asumirse actor en su propio mundo –trascendiendo la queja o la victimización- le permitirá reconstruir vías de acercamiento a los demás y disminuir la vulnerabilidad y tendencia a la “evacuación” de la frustración a través de actos de violencia. Al acercarse a una narrativa distinta acerca de su propia vida y acciones, el adolescente es capaz de conectar con la idea y el sentimiento de cómo su propia perspectiva tiene un impacto sobre cómo ve, actúa y es percibido en su mundo; además de cómo sus acciones también tienen un impacto sobre dicho mundo y realidad.

- Identidad: Los autores señalan que uno de los motivos de reincidencia en problemas de conducta violenta tiene que ver con que el cambio propuesto desde la intervención puede suponer una amenaza a la identidad del adolescente (aunque este no la asuma o la acepte, la realiza conductualmente). Para aquel que actúa con violencia, ésta representa una defensa sobre la identidad. Así, es necesario que se puedan identificar recursos en el funcionamiento que no supongan una amenaza hacia la identidad del sujeto, sino más bien puedan funcionar como elementos reparadores.


Resignificar: Explicitar el mensaje oculto que encierra la violencia permitirá que se recoja y acoja la emoción y pueda ser expresada de forma adecuada. Se abre un espacio de comprensión y de acercamiento al otro en el que intermedie el pensamiento, para que la acción violenta no irrumpa sin mediadores buscando la descarga.

 - Validación: Poder representar a alguien, a un otro ante el adolescente, es darle también la oportunidad de representarse a sí mismo. Desde la confianza en que el adolescente puede superar la agresión como forma de comunicación con su medio, él mismo descubre su capacidad para ensayar nuevas formas de relación desde la confianza en sí mismo y en el otro. Su propia validación apoya la validación y consideración de aquél otro al que no era capaz de aproximarse y al que sus acciones buscaban destruir, abriendo posibilidades de crecimiento.

Con lo anteriormente comentado, consideramos la contención como un elemento útil y necesario en la intervención y aproximación a los problemas de conducta. A través de la misma, se puede ejercitar un cambio de enfoque desde las meras consecuencias e intentos rehabilitadores normativizantes, hacia los procesos estructurales, emociones y significados que subyacen a la conducta del adolescente. Los apuntes hechos hasta ahora pretenden asimismo rescatar la importancia de reflexionar acerca de cómo los diferentes contextos a los que pertenece el adolescente pueden –sin saberlo- estar alimentando el mantenimiento de los problemas de conducta, y cómo a través de la contención se puede partir de una coordinación estratégica básica para apoyar el crecimiento del adolescente desde los distintos sistemas a los que pertenece.

Artículo de Kreadis

Bibliografía:
-Angel Estalayo Hernández y Juan Carlos Romero León, Intervención en problemas de conducta y contención validante.
-Rafael Cruz Roche, Pulsión de agresión en Viaje a la complejidad 3- El psiquismo: un proceso hipercomplejo.
-Sonia Abadi, Una teoría del pensamiento.
-José María Ayerra, La violencia.