miércoles, 3 de junio de 2015

Narcisismo, maltrato y roles en la pareja

Foto: Art&Art Gallery
Fruto del trabajo que realizamos acerca del "Narcisismo", surgen estas líneas a modo de reflexión sobre la situación de aquellas parejas que, enmascaradas por el argumento del amor que se tienen, genera violencia y sufrimiento.
Veremos, bajo el prisma psicológico, la interacción patológica que se establece entre los miembros de la pareja dónde uno asume el rol "dador desde la dependencia" y el otro "vincula su narcisismo a la recepción de refuerzo y atención".
Para ello nos basaremos en el artículo de Teresa Sánchez y en nuestras propias deliberaciones y reflexiones al respecto.
Diferenciar agresividad de violencia es el primer paso hacia la comprensión de este asunto. Agresividad entendida como respuesta orientada a preservar la vida, con valor instrumental, como herramienta al servicio de la continuidad del sujeto, que se activa ante alertas que ponen en peligro la consecución de los propios fines, cuando se padece una grave frustración o una amenaza (real o imaginaria, física o psíquica) y busca la homeostasis tensional y autorregulación de funciones vitales elementales.
Foto: Disccris
Por el contrario, la violencia va más allá del principio del placer, y busca perturbación, desequilibrio y disrupción. Se la calificaría de "agresión maligna" al tener como fin último la destrucción del otro y carecer de finalidad noble. La descarga es explosiva y produce un efecto evanescente de liberación de tensión de modo que multiplica la violencia interna a modo de espiral creciente.
En este punto, nos gustaría debatir el concepto "finalidad noble" que parece tener la agresividad y del que parece carecer la violencia. Consideramos que en ambos casos hay una búsqueda de homeostasis con la diferencia de que en el primero, agresividad, se consigue después de la respuesta agresiva y, en el segundo, al quedar un vacío que solo se llenó momentáneamente, la sensación se va multiplicando y genera una mayor escala de agresión, derivando en violencia. Nos cuestionamos la malignidad de la violencia en el origen pues, en un principio, hay necesidad de algo que no se tiene y se busca en el otro, pero no para aniquilarlo, sino para completarse. Puede que la "violencia" se considere tal una vez que el sujeto haya comprobado que no se "nutre" del otro de ninguna forma y, al poner en evidencia sus carencias y debilidades, aparece el deseo de aniquilación.
Las fases por las que pasa la pareja son:
Foto: Rafeea Matar Mubarak Al Hemeiri
  • Enamoramiento: el sujeto proyecta sobre el otro partes buenas de sí mismo.
  • Realidad: introduce diferencias entre la imago del objeto y su evidencia y éste se escabulle maquillando o disociando mientras puede hasta que la diferencia se impone.
  • "Odioamoramiento": momento de la desilusión amorosa en el que surge el germen de la violencia. Aparece la ambivalencia vincular amorosa, se ama al otro en cuanto a portador de proyecciones del yo y se le odia por ser evidencia de alteridad. Para los sujetos que depositan en el amado una alta intensidad de cargas narcisistas, se les hace inviable el desprendimiento libidinal y la imposibilidad de duelo será un factor determinante de la aparición de la violencia. La "necesidad adictiva del otro actúa como reforzador de la autoestima", sujetos de narcisismo frágil que no pueden asumir una separación del otro que nutre su estima. El drama comienza cuando el otro pretende recuperar su autonomía y el sujeto narcisista-dependiente experimenta un síndrome de abstinencia que le arrastra a una violencia exterminadora que no se consume hasta la aniquilación del otro. Lo insoportable es aceptar la existencia del otro libre y distinto, a quien "quieren" como prolongación proyectiva de su narcisismo. Violencia como explosión, drenaje de las partes malas escindidas, no reconocidas, expulsadas como "basura psíquica" y colocadas en el otro.

Al maltratador se le atribuyen dos caras, indicio del fracaso en el logro de la unificación de la personalidad. El ciclo generador de la violencia aparece cuando el descubrimiento de la alteridad se interpreta como un problema y no como una riqueza. En este sentido, intervienen los siguientes mecanismos:
1.       Ubicación ante el otro: o se confía o se recela.
2.       Proyección sobre el otro de partes rechazadas de sí mismo, que le adjudica para librarse de ellas y que sea depositario de sus partes malas a la vez que al otro se le despoja de sus propias partes buenas.
3.       Demonización del otro, lo que le da pie a defenderse.
4.  Cosificación del otro, no es nada ni nadie, le pertenece como cosa y puede hacer que desaparezca.
5.      Anulación de investimientos a través de la destrucción del otro como culminación de su proceso de afirmación o de certificar su victoria. La amenaza ha sido desactivada.
El maltratador es un "narciso enfermo" que tiene una imagen desvalorizada de sí mismo. Gozó de cierto esplendor cuando la conquista del otro le hizo creer que podría ser amado. Cuando el espejismo se rompe, aparece el desencanto. Finalmente no alcanza la posición reparadora porque no mentaliza la culpa ni la elabora; mantiene su posición persecutoria y su creencia tácita de que puede succionar de su pareja todos los aportes narcisistas que necesita para vivir, quedándose en una organización expiatoria de la personalidad.
Varios autores perciben cómo hoy en día se aprecia un narcisismo egolátrico de género. Mientras las emociones masculinas son inhibidas, las femeninas se expresan libremente. Este silencio en el varón incrementa su tensión y provoca frecuentes explosiones que actúan como recordatorio del poder masculino y perpetuán el estereotipo de la superioridad reclamando el espacio borrado por la usurpación femenina. Lo cierto es que actualmente se palpa la sensación de que el hombre actual debe camuflar su virilidad y apoyar la excelencia femenina. El resultado es que la mujer se resiente de la debilidad del hombre y parece necesario que él se resitúe y ella se reencuentre con un hombre que no sienta nostalgia del "macho" que fue pero que tampoco dimita de su condición masculina diferenciada.
En toda la literatura relativa a temas de maltrato aparece como candidato a maltratador el perfil de un hombre con la hombría diluida, con escasos recursos, reducidas habilidades comunicativas, inseguro en su papel doméstico.
Foto: Nikonistas-El sabor de las fresas
En cuanto al tipo de pareja que encaja en este binomio, su principal característica es la "necesidad de ser necesitada" o como dice Fairbairn "dependencia de dar", que en lugar de perseguir la obtención de placer, se orienta a encontrar un otro apropiado al que vincularse. Estas personas, principalmente mujeres, truecan su posición pasiva de recibir atención del objeto de cuando eran niñas por una posición activa de prodigarle atención. El hombre con déficit narcisista busca este perfil de mujer como suministradora de la vida que él carece y la misión de ella será salvarle de sí mismo. Este afán redentor hacia su verdugo proviene de la herencia cultural filogenética que quedó grabada en su sistema límbico y en su amígdala. Existe un componente materno y sanador de forma que pueden llegar a creer que es un premio el que alguien machacado la elija para rescatarlo de su atroz destino. Suele tratarse de mujeres que en su infancia ya tuvieron que conquistar el interés o el amor de padres difíciles e indiferentes. La compulsión a la repetición obedece a la necesidad de demostrarse que son lo bastante valiosas para merecer la atención de un hombre y, además, conservarlo.
Según Freud (1936), en este proceso intervienen dos mecanismos:
1.     La identificación con el agresor, a través de la empatía con la víctima para garantizar la propia supervivencia, anticipándose a los movimientos de su agresor o intenciones y poder prevenirlos.
2.    La identificación con la víctima desde la falsa creencia de poder hacer cambiar al agresor, en busca de una armonía, de la cura, segura de que tras su depravación hay un niño asustado y abandónico. A esto V. Frankl lo denominó "tortura doméstica" e Ibañez y Sacristán (2005) "síndrome de Estocolmo doméstico".
Ante estas dos deformaciones de la dignidad personal se sospecha que existe un pacto inconsciente y esto explica la perseverancia de la mujer, el que cargue con la culpa y se atribuya la responsabilidad por no ser suficientemente buena.
Todo esto ha conducido a una naturalización de la violencia que está en contraposición con lo dictado por la ley. En occidente la violencia está naturalizada e incorporada al sustrato costumbrista de la vida ordinaria, aunque está a la vez criminalizada y perseguida por ley. Esto pone de manifiesto la vigencia del patriarcado aunque la ley lo inculpe e intente erradicarlo.

Fuente: "Dependencia de dar y rabia narcisista - una colusión significativa frecuente en el maltrato". Teresa Sánchez - Univ. Pontificia de Salamanca