viernes, 31 de octubre de 2014

El grupo pone palabras allí donde hay vacío

Cuerpo y psiquismo se sostienen mutuamente en el proceso de crecimiento de un sujeto, no se conciben el uno sin el otro.
Vivimos una época cultural de renacimiento del cuerpo, de preocupación por el mismo, de temores hipocondríacos sobre su salud y exaltación hedonista de sus manifestaciones . La actitud tiene el sentido de una protesta, en la que el discurso del cuerpo se hace protagonista.
El encuadre grupal ofrece un espacio en el que se reeditan los viejos conflictos. El cuerpo del paciente psicosomático ensaya llenar vacíos de pensamiento con síntomas que el grupo detecta al tiempo que contiene al sujeto. El grupo pone palabras allí donde él experimenta vacío. Frente a una medicina cada vez más especializada, son necesarios espacios como el que aquí se describe para no arrebatar la compleja entraña bio-psico-social al sujeto actual.
La elaboración de este trabajo es el fruto de un seminario continuado sobre psicoterapia de grupo, en el que dejamos que la asociación libre dirigiera nuestros pasos.
Trataremos de lo complejo de una estructura que, conformando un solo ser, obedece a distintas leyes y se organiza, decodifica y expresa con diferentes lenguajes. Hablamos del sujeto: cuerpo y psiquismo apoyándose en un mutuo proceso de crecimiento.
La vida mental se organiza en torno a pulsiones mediadoras; la emoción sin significado, que no alcanza otra vía de expresión que lo somático, abre una rendija por la que entrever nuestra “maquinaria” más profunda. Búsqueda de sentido en un cuerpo que enferma para mantenerse vivo, aunque las palabras no alcancen a identificar el conflicto psíquico fuente del sufrimiento.
El grupo terapéutico facilita múltiples traducciones y giros inesperados que ayudan a desentrañar los trances por los que atravesó cada uno de sus integrantes.
En el camino surgieron en la bibliografía los grandes autores y escuelas que se empeñaron en aclarar este intrincado asunto. Parecía, por tanto, oportuno un primer apartado que reflejara y apoyara alguno de nuestros comentarios teóricos.
Luego, el alboroto surgido al desbaratar a un sujeto a través de una escena dramatizada (desmembrándolo psíquica y físicamente), abrió la posibilidad de captar algunas formas en las que aventuramos se establecen conexiones inadvertidas en el acontecer vital.
A través de algunas viñetas lúdicas nos proponemos transmitir cómo lo somático y lo psíquico de un sujeto interactúan dentro de una determinada atmósfera social.
Recuperamos retazos de diálogos de la representación psicodramática que hicimos de uno de los cuatro pacientes trabajados en el seminario con el planteamiento anterior: en cada caso integra el grupo el sujeto desmenuzado. La historias clínica es aquí secundaria, tratamos de husmear en torno a las interferencias somato-psíquicas...
Tomás.- Tiene diez años, alta autoestima, cumplidor de normas, cariñoso. Replicó las somatizaciones de su madre: diagnosticado de colon irritable a los dos años, el cuadro aparece intermitente hasta los seis. Toca muy bien el piano. En nuestra escena representamos a la madre, cuya tensión salpicó –incluso durante el embarazo– a Tomás. La imaginamos en un concierto de su hijo.
Corazón.- ¡Qué agobio! Debería haberle puesto la otra camisa...
Piel.- ¡Que frío tengo!, falta un poco de calefacción.
Pulmones.- [El frío y la tensión provocan que respire acelerada ]
Estómago.- ¡Qué tensión! Colon inflamado, me voy a descontrolar...
Sistema nervioso.- Estómago, cálmate que estás alterando a los demás.
Estómago.- ¡Pero si son los demás los que me tienen destrozado!
Yo.- Está estupendo, me gustaría verlo más cerca. [No tolera el desasosiego]
Ello.- ¡Qué ganas de darle un achuchón, qué machote!
Superyó.- No, que se hace débil, no te pases.
Piel.- Un besito, ¿no? Míralo, pobre, está sudando.
Superyó.- Hay que mantener el tipo, tengo que bloquear la angustia.
Piel.- Pues ahora empiezo a sudar yo.
Estómago.- Es que no puedo. Tengo un reconcome dentro, un que no sé si me voy al baño o me quedo... ¡Qué nervios...!
Corazón.- Me cuesta mantener el ritmo con tanto bullicio...
Yo.- Está todo en orden, dejad de incordiar y vamos a escuchar el concierto.
Estómago.- ¡Eso les dirás a todos!
Superyó.- Que nos vean bien, nos miran todos, saben que soy su madre.
Piel.- Por eso he venido guapa, me he maquillado, pero con el sudor...
Ello.- ¡Si me vieran a mí dando un concierto!, nunca tuve oportunidad...
Superyó.- ¡A mantener el tipo!
Yo.- No te pases, ya es hora de llorar un poquito ¿no? de emoción...
Piel.- Unas lagrimitas... que queda muy bien en una madre.
Superyó.- Qué se corre el rímel, bastante tengo con el sudor, ¡que no!
Sistema nervioso.- Con tanta información por organizar no me dejáis escucharle como se merece.
Estómago.- ¡¡Pero es que tengo un retortijón!!
Superyó.- Ahora no. No fastidies que te están mirando, ¡que eres la madre!.
Yo.- ¡No vas a ir! [Ir al baño sería placentero, descargaría tensión.]
Estómago.- ¡Duele! No tenía que haber desayunado...
El narcisismo de la madre se nutre del hijo, ella “nunca tuvo oportunidad” de ofrecer un concierto; orgullo, sí, pero también envidia a desterrar de la conciencia compensándola con atención exagerada sobre Tomás. Aquello que la madre calla con los labios se expresa con gestos o actitudes, también con el funcionamiento de los órganos (Chiozza). El plano simbólico desaparece. Cuerpo de Tomás que incorpora el de la madre cargado de tensión, crispado. Despliegue psicosomático espectacular que oscurece al hijo aunque parece dedicado a él... La madre pone en funcionamiento su cuerpo, manteniendo las formas que considera adecuadas y constriñendo las emociones que tendrían que fluir.
Tras un recorrido analizando nuestra propia dinámica, retenemos que de la interrelación de nuestra amalgama de “partes”, emerge el sujeto como un “todo” de un nivel de complejidad superior. Cuerpos que duelen, cuerpos cansados… ¿cómo duele el cuerpo grupal?, podríamos preguntarnos. No siempre se es consciente de cuándo fallan ciertos procesos en el organismo, las alertas instrumentales se ven acalladas en ocasiones por defensas de todo tipo que temen la desorganización.
Nuestro trayecto discurre en torno a tres perspectivas de referencia: el vínculo, lo psicosomático y el paradigma de la complejidad. Los fragmentos de nuestro sujeto no funcionan como entidades aisladas. Cada escenario desencadena diversas reacciones en los integrantes de este grupo-sujeto, que se van coordinando paso a paso para hacer frente o adaptarse a lo novedoso de la situación. El Yo intenta mantener un equilibrio –otro tanto se observa con claves distintas en lo que englobamos como «sistema nervioso» - pero, ¿a expensas de qué? Las sucesivas frustraciones recolectan tensión; ¿quién o qué se hace cargo de la misma, quizá ya transformada en angustia? El deseo y la falta mantienen la movilidad energética en donde lo psíquico y lo somático se ven en continua interrelación a la vez dinámica y conflictiva, relación que impregnará asimismo el plano social.
En nuestro deambular topamos con una conocida paradoja: necesidad de límites para desplegar libertad, ¿autonomía?, ¿interdependencia? Pero la paradoja no es tal, lo que podríamos conceptuar como saludable conlleva mudar cadencias que transcurren entre ambos polos.
El grupo conformado por pacientes con problemas psicosomáticos se presta como refugio para cuerpos enjaulados de sujetos enmudecidos. En la psicoterapia de grupo lo sensorial se impone acompañando o sustituyendo en algunos momentos a la palabra; placer y displacer se filtran y exteriorizan ofreciendo menos superficie a resistencias y fingimientos. Tensiones sofocadas por posibles racionalizaciones de un sujeto, revierten energía al grupo, impregnan su espacio. Las pulsiones, sustentadas por psique y soma, espolean y desorganizan permitiendo una atmósfera propiciadora de nuevos emergentes; las representaciones se resienten y transforman a través de la experiencia. El proceso tiene un sentido y nuestro trabajo consiste –a través de la atención flotante- en lograr que los integrantes lo perciban, esbozar un mapa que se pueda traducir en palabras. El reto, según Nicolás Caparrós, es elaborar y modificar las condiciones por las cuales el camino de la emoción se encarna en el equivalente afectivo que denominamos síntoma.
Lo verbalizado no necesitará encarnarse.

Cuando vemos, no sólo vemos: sentimos que estamos viendo algo con nuestros ojos. El cuerpo está bien «simbolizado» en la estructura cerebral, y los «símbolos» del cuerpo pueden utilizarse «como si» fueran señales corporales reales. Las representaciones ofrecerían un armazón espacial y temporal, una métrica sobre la que se podrían apoyar otras representaciones. Esta realidad no se puede considerar una realidad absoluta, sería «nuestra realidad»
Damasio.


Fuente: “Vincularse en bucle. De la leche a la manzana”. Isabel Sanfeliu  (coord.), Laura Díaz Sanfeliu, Cristina Fernández-Belinchón, Silvia Fernández-Sarcos, Margarita Gasco, Ana Moreno, Yolanda Pecharroman, Teresa Román y Beatriz Santos.